El futuro está adelante
Historias de Vida

Mientras prepara el agua, el cortacuticula, los esmaltes y todos los demás implementos necesarios para iniciar su trabajo, Andrea intenta poner su mente en blanco, concentrarse en hacerle el manicure a su clienta y no pensar en aquel viernes santo, cuando su mundo se vino abajo y la poca tranquilidad que quedaba en su vida se convirtió en tristeza decepción y odio.

Lleva un poco más de un mes alojada en el hogar de paso de la Fundación Colombia Herida, a donde llegó en busca de un techo que la cobijara en medio de la gran ciudad. Es de La Dorada Caldas, y aunque ha vivido en varias partes como en Honda (Tolima)  y en Cali (Valle), Bogotá tiene la facultad de asombrar y asustar a los despistados turistas que llegan desde sus pequeños y remotos lugares de origen.

Pero Andrea no tuvo ninguna opción diferente a dejar a su hijo de 10 años en La Dorada al cuidado de su madre, mientras ella viajaba a la capital para que su hijo de dos años inicara un tratamiento médico en el Hospital Militar Central para controlar las complicaciones de salud que le ha traido su alto nivel de glucosa en la sangre.

Lucha sola para seguir adelante, para sobrevivir con el producido que le deja el salón de belleza que tienen en su pueblo, pues la vida le enseñó que en este mundo sólo el más fuerte sale adelante y que la traición es por estos días el pan de cada día.

Andrea se casó hace trece años con un miembro de la Fuerza Pública, y con el tuvo a sus dos hijos. Vivía en La Dorada, de donde es oriunda, pero su esposo fue trasladado a Cali, razón por la cual ella haciendo gala del compromiso fiel con su familia, decidió acompañarlo y se fue a vivir a la capital vallecaucana para estar a su lado.

Aún así, en ocasiones parecía complicado poder encontrar un espacio para compartir en familia, pues el batallón en el que él se encontraba quedaba algo retirado de la ciudad, lo que la obligaba a realizar extensos viajes de vez en cuando. Fue en uno de esos viajes cuando vivió la experiencia más traumática de su vida, aquella que se le repetiría de noche en sus pesadillas y la que terminó por cambiarle el rumbo de su camino.

Ese día cuando volvía a Cali luego de llevarle algunos implementos de aseo a su marido, fue secuestrada por unos hombres que se movilizaban en una camioneta negra. Andrea quien tenía entonces siete meses de embarazo de su segundo hijo, permaneció en cautiverio por tres días, sin comer otra cosa que un pedazo de pan rancio y beber agua turbia. Los individuos la llevaron a ella y a un ganadero de la región a un lugar cercano a Jamundí, Valle, en dónde por fortuna logró emprender la huida conociendo el riesgo que corría al escapar de sus raptores y luego volver a ser retenida.

Ese día, cuando llegaron a Jamundí, se estaba celebrando el tradicional Día del Ahijado, fiesta que que se conmemora los últimos días de junio. La concurrencia de la gente, la algarabía en las calles y la presencia de policías y uniformados durante las festividades fueron el parte de tranquilidad que le permitió a Andrea huir. Salió corriendo, con una barriga que le pesaba más que nunca, sin el más mínimo ápice de aliento, pues su cuerpo estaba débil por la mala alimentación. Corrió como nunca lo había hecho, cayó varias veces golpeándose la rodilla y el estomago, pero se levantaba angustiada para seguir la marcha, sintiendo en su nuca la respiración de sus captores, quienes la persiguieron por un largo tramo hasta que ella, agotada y sin fuerza alguna, se desvaneció al lado de una patrulla de la policía.

Cuando despertó ya no había hombres encapuchados ni con pañoletas rojas cubriendo sus rostros. Se encontraba internada en el Hospital de Cali recibiendo atención médica. Allí fue donde nació su hijo, dos meses antes de lo previsto, pues las fuertes emociones que vivió en esos días le adelantaron el parto. Andrea no pudo volver a Cali y tuvo que volver a su tierra, alejada de su esposo y sin oportunidad de visitarlo de vez en cuando.

Esa distancia física terminó por separarlos del todo. Aquel viernes santo que Andrea recuerda con tristeza y desganó, Andrea vio el video del matrimonio de su esposo con otra mujer. Las imagines que pasaban frente a sus hijos la aterrizaron a la realidad que no había querido ver. Mientras ella estaba en Bogotá, tratando de sobrevivir, al cuidado de su hijo menor enfermo y angustiada por no tener al mayor cerca, él, su marido, le había cumplido a otra mujer el sueño que Andrea tenía: casarse por la iglesia.

Andrea sabe ahora que no le queda más que sus hijos y por ellos es por quién debe luchar. Instauró una demanda contra su esposo, con quien aún estaba casada por lo civil, pues no volvió a enviarle dinero ni ayuda para sus hijos.

Aún así a ellos no les falta nada. Ella se rebusca el dinero para poder mantenerlos y aunque en ocasiones no puede evitar querer tirar la toalla, Andrea siempre sacude el polvo de sus rodillas y se levanta, así como lo hizo el día en que escapó de sus captores.